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jueves, 2 de julio de 2009

CUENTOS DEL CIELO DEL ROCK AND ROLL (XI)


Paris Theatre, Londres, 4 de enero de 1971. El público que se agolpa en el local está a punto de vivir una jornada histórica, pues Led Zeppelin está a punto de presentar en directo, por primera vez, algunas de las canciones incluidas en su álbum Led Zeppelin IV, que todavía no ha sido publicado. Es, o va a ser, un concierto histórico por otro motivo: va a ser retransmitido en directo por la cadena de radio BBC, que ha movido cielo e infierno para poder ser el patrocinador de esta noche mágica. Pensar que todo ese público estaba escuchando por primera vez, recién sacados del horno, lo que serían clásicos absolutos en las décadas venideras, pone los pelos de punta. Es la primera vez que Led Zeppelin van a interpretar en directo canciones como Stairway To Heaven, Rock And Roll o Black Dog. Y es además una noche en que el cuarteto británico va a demostrar con creces por qué eran la maquinaria de rock más devastadora que los discutidos años setenta supieron poner en marcha.

En el momento en que se aprestan a salir al escenario del Paris Theatre esa noche de 1971, están sin duda en su cima creativa. Su música épica y dramática, una auténtica colisión de emociones acústicas y eléctricas, resume toda la aportación de Led Zeppelin a la historia del rock. Que no es poca. Este concierto es también un manifiesto inmejorable de sus poderosas prestaciones sobre un escenario. Una actuación eléctrica e intensa hasta el paroxismo que comienza con un furibundo Inmigrant Song y se desliza por buena parte del inacabable catálogo de clásicos del grupo como Heartbreaker, Since I’ve Been Living You, Whole Lotta Love o las ya mencionadas composiciones pertenecientes a su cuarto disco en estudio. Todo aderezado con terrible aporrear de los tambores de John Bonham, la ductilidad instrumental de John Paul Jones, la mágica e indomable guitarra de Jimmy Page y la voz quebrada y poseída del gran Robert Plant.

Cátedra de rock and roll, obligado catecismo de heavy metal, la actuación de Led Zeppelin en el Paris Theatre tuvo innumerables versiones pirata y bootlegs antes de su publicación oficial en el año 1997. Este lanzamiento, cálidamente recibido por haber sido esperado durante largo tiempo, ha permanecido desde entonces como un recuerdo imborrable del que para muchos fue el mejor grupo de rock de los años setenta, si no de toda la historia. Escuchando estas canciones fieras, desnudas y desatadas no queda si no rendirse a los pies de los británicos. No hay mejor tratamiento para la nostalgia y la depresión que escuchar la voz de Robert Plant aullando poderosa en la noche mientras la guitarra de Jimmy Page gime y desgarra las entrañas del oyente en implacables oleadas de sonido estratosférico. Sólo hay una palabra para describirlo: impresionante.

miércoles, 29 de abril de 2009

LED ZEPPELIN: TRAYECTORIAS AEROSTÁTICAS


Cuarenta años han pasado desde que Led Zeppelin publicaron su primer álbum en enero de 1969. Y veintinueve desde de la disolución del grupo más dinosáurico, polifónico y apocalíptico de la década de los setenta. La banda comandada por el guitarrista Jimmy Page y el cantante Robert Plant, el grupo que reinventó el blues rock, parió el heavy metal, revolucionó el sonido del rock sesentero y unas cuantas aportaciones indiscutibles más sigue tan vigente como desde el primer día, más desde que se juntaron para tocar juntos por primera vez desde su separación en diciembre de 2007.
Cierto es que han pasado muchas cosas en el mundo de la música desde que, en 1980, Led Zeppelin anunciaran su disolución tras la trágica y misteriosa muerte de su batería John Bonham. Los gustos del público han evolucionado, han surgido nuevos estilos, nuevas tendencias y nuevos parámetros para acercarse al rock, en gran parte ajenos a la tradición de la que los Zeppelin fueron firmes defensores e incluso máximos exponentes. Hay poco espacio hoy en día para megaestrellas intocables, giras mastodónticas y discos que son número uno semanas antes de ser publicados. No obstante, la herencia del sonido de Led Zeppelin ha perdurado durante todos estos años y es bien visible en muchas de las bandas que hoy pasan por ser los nuevos salvadores del rock auténtico, alternativo y tal. ¿Cómo es posible tan flagrante contradicción? ¿Tiene la música de los supervivientes de Led Zeppelin un lugar bajo el sol en pleno 2009? Recurramos primero al archivo de su pasado para poder contextualizar convenientemente tan ardua cuestión.


Si hay una palabra con la que se pueda caracterizar la carrera de Led Zeppelin, a buen seguro que es la de control. La trayectoria del grupo desde sus más tiernos inicios estuvo planeada y organizada hasta en sus más mínimos detalles. La misma formación de la banda es una muestra clara de cómo se puede obtener una pócima mágica si se tienen los ingredientes apropiados y un experto druida que maneje a su antojo las fórmulas necesarias para obtener la receta final.
Todo empezó en la primera mitad de los años sesenta. Por entonces, Jimmy Page ya era un reputado músico de sesión curtido en docenas de sesiones de grabación con gente como The Kinks, Donovan, Joe Cocker, Tom Jones, y un largo etcétera, lo cual le valdrá para entrar en The Yarbirds en 1966 como bajista, sustituyendo a Paul Samwell-Smith. Poco a poco se hará con el puesto de segundo guitarra, compitiendo con el mismo Jeff Beck (sustituto, por su parte, de Eric Clapton) hasta la marcha de éste en diciembre del mismo año. Con Page como líder indiscutible, los Yardbirds aún grabarán el álbum Little Games en 1967 y algunos singles hasta su disolución definitiva en el verano de 1968.
Pero Page le había cogido gusto a esto de ser una estrella del rock. Inteligente, adaptable e intuitivo, rápidamente decide formar un nuevo grupo que recoja las mejores esencias de los Yardbirds, una banda que rompa moldes y esquemas y se sitúe como ejemplo a seguir y como líder de una nueva generación de grupos que afronte con garantías el cambio de década. Su primer paso es ofrecer la plaza de vocalista a Terry Reid, el cual declina la oferta y le recomienda a Robert Plant, el cantante de un grupo llamado Band Of Joy que siente pasión por Elmore James, Willie Dixon, el blues y el r&b en general. Ambos conectan inmediatamente y cada uno de ellos recluta a otro de los miembros del nuevo grupo: Plant se lleva consigo al batería de Band Of Joy, un incansable y oscuro aporreador llamado John Bonham, mientras que Page ficha a John Paul Jones, bajista, teclista y buscadísimo mercenario de estudio con experiencia en trabajos de Burt Bacharach, Etta James, PJ Proby, Engelbert Humperdinck, Walker Brothers, Dusty Springfield y un sinfín de artistas de todo calibre. El line up de la banda queda ya configurado en sus inicios. No habrá ningún cambio desde entonces. En apenas unos meses ensayan, se encierran en los estudios y graban su primer álbum (en menos de 30 horas, según los cronistas), bautizado sabiamente como Led Zeppelin. Comienza la leyenda.


Publicado en enero de 1969, Led Zeppelin (que inaugura una larga tanda de discos sin título expreso) ya muestra todos los recovecos, trucos, influencias y aristas de la música del grupo. Predominan el blues, libremente interpretado y brutalmente expuesto (You Shook Me, Dazed And Confused, Babe I´m Gonna Leave You) y temas de más contundente impacto inicial como Good Times, Bad Times o Communication Breakdown, composiciones que introducían ritmos aplastantes y omnipresentes, espectaculares cambios en la estructura de las canciones y endiablados juegos amatorios entre una voz poseída por un halo casi místico y una guitarra capaz de hablar y contar historias, de insuflar vida propia a acordes ya conocidos y repetidos miles de veces. El blues rock británico moría un poco con la publicación de este disco; nacía el heavy metal, y con él una nueva forma de entender y encarar la música rock, mayoritaria durante la primera mitad de los 70´s y todavía viva y coleando en el más rabioso presente.
Nada se les resiste. Su primer álbum toma por asalto las listas de ventas anglosajonas (siempre tuvieron muy en cuenta el mercado estadounidense), genera unas expectativas inusitadas respecto a ulteriores trabajos y arma a su alrededor toda una estructura músico-empresarial que el propio Jimmy Page y el célebre mánager del grupo, el orondo Peter Grant, diseñan y ponen en práctica. Las consignas, seguidas luego por multitud de bandas, son claras: dosificación, efectismo, gigantismo y misterio. Sus discos salen a la venta con milimétrica precisión, ni un mes antes ni un mes después de lo conveniente; su música y sus conciertos se tornan cada vez más espectaculares y teatrales, con grandes dosis de dramatismo y lirismo épico sumamente efectivos; sus discos se venden por millones, sus actuaciones se miden en muchas decenas de miles de asistentes; su vida privada permanece oculta, no efectúan declaraciones a la prensa y todas sus apariciones públicas están medidas hasta el más mínimo de los detalles. Su maquinaria comercial y publicitaria es precisa como un reloj suizo; su música es demoledora. ¿Qué más pueden pedir?


Led Zeppelin II es su siguiente paso. De nuevo sin título explícito, el segundo álbum de la banda aporta una de sus canciones más emblemáticas: el orgiástico y desenfrenado Whole Lotta Love. Acompañándola, piezas de enjundia y peso específico propio como Heartbreaker, The Lemon Song o Bring It On Home, cada vez más alejadas del sonido bluessy de su primer disco. Led Zeppelin III significa un giro hacia lo acústico y lo lírico (Tangerine, Gallows Pole, That´s The Way), a partir de ese momento siempre presente en su música, que recoge los efluvios del folk británico y norteamericano (Jimmy Page es un gran admirador de músicos como Bert Jansch o Gordon Giltrap); aunque tampoco olvidan su sonido convencional, preñado de recuerdos al blues (Since I´ve Been Loving You) y al rock más aplastante y decibélico (Inmigrant Song).
En el eclecticismo bien entendido radica una de las claves del éxito de Led Zeppelin. A pesar de ser comúnmente catalogados en el proceloso océano de las bandas practicantes de rock duro o metálico, Page y compañía siempre supieron diversificar su sonido y atender a muy diferenciadas demandas. ¿Rock demoledor? ¿Lirismo acústico? ¿Blues sensual, guiños al reggae, al boogie, a la música mesopotámica si es necesario? Faltaría más. Todo cabe en el caleidoscopio de su música, cada vez más rica en matices y direcciones. Con Led Zeppelin IV llegan, según una gran mayoría, a su cima creativa. Los tres álbumes anteriores se resumen y condensan en una obra variopinta y redonda que recoje composiciones desatadas como Rock And Roll o Black Dog, tributos al folk enrockezido como The Battle Of Evermore, y hasta la pieza por la cual pasarían en buena parte a la inmortalidad: Stairway To Heaven, una composición épica y dramática, una colisión de emociones acústicas y eléctricas en la que se resume toda la aportación de Led Zeppelin a la historia del rock. Que no es poca.


A todo esto, mientras la música del grupo crecía en calidad y en diversificación de ofertas, la maquinaria comercial liderada por Peter Grant iba creciendo y creciendo. Los discos de Led Zeppelin arrasaban en las listas antes de ser puestos a la venta (por los pedidos anticipados), sus giras batían récords de asistencia uno tras otro, la banda empleaba los más avanzados medios técnicos y humanos en cada una de sus apariciones públicas. Led Zeppelin inauguraron la era del gigantismo, de la megalomanía, la aparatosidad y el ombliguismo. Ni los Beatles ni los Rolling Stones habían llegado a causar tal expectación entre su público y los medios especializados. Un año tras otro, los miembros del grupo eran elegidos de manera recurrente en todas las votaciones populares como mejor guitarra, mejor cantante, mejor batería, mejor bajista, mejor compositor, mejor álbum, mejor concierto, etc. Tenían todos los ases en la mano y eran aclamados unánimemente como la mejor banda de rock and roll del mundo. El periódico Financial Times estimaba que la banda ganaría unos treinta millones de dólares durante el año 1973. Ellos no hacían comentarios al respecto.
Y menos cuando ese mismo año ponían en circulación un nuevo álbum, el primero dotado de un título propio: Houses Of The Holy. En este trabajo se intuye un salto cualitativo en el sonido del grupo. La investigación, la experimentación y el riesgo toman un mayor protagonismo. Seguros de sí mismos, Led Zeppelin se enfrentan a inéditos retos estilísticos y firman nuevos clásicos como The Song Remains The Same, Over The Hills And Far Away o No Quarter, una pieza conmovedora y laberíntica en la que la guitarra de Page brama y llora como una criatura que pide cariño y comprensión. Un lujazo. Y es sólo el principio. En 1975 publican su obra más ambiciosa, el doble álbum Physical Graffiti, todo un compendio ciclópeo de la variedad de estilos y texturas que los zeppelines habían abrazado en el curso del tiempo y una promesa de lo que, sin embargo, no llegó a acontecer. A pesar de que el álbum encierra momentos sublimes (Custard Pie, Ten Years Gone, In The Light, Kashmir), Physical Graffiti pasó un tanto desapercibido en su momento y sólo se le valoró como debía con el paso de los años. Su cota más alta, su legado más armónico y polifacético. Para tomar pan y mojar.


En 1974 la banda había concretado uno de los proyectos que desde sus inicios les rondaba por la cabeza: su propio sello discográfico. La Swan Song Records nace con la idea de sacar al mercado discos de grupos del agrado de los zeppelines, tales como los nuevos Pretty Things (un fracaso), Bad Company (un éxito) o Maggie Bell (ni fu ni fa).
Mientras tanto, la banda sigue dando que hablar, ésta vez al margen de su música. Comienzan a ser de dominio público los devaneos de Jimmy Page con la magia, el esoterismo y el ocultismo. Page había adquirido una mansión cerca del lago Ness (el del monstruito, sí) y se dedicaba al estudio de ciencias arcanas e innombrables; incluso llegó a montar una librería esotérica llamada Equinox en pleno Londres. Un halo de misterio empezó a rodear al grupo. Ya en Led Zeppelin IV los nombres de sus miembros fueron sustituidos por símbolos rúnicos, y poco después varios accidentes salpicaron la vida del cuarteto. El que salió peor parado en un principio fue Robert Plant, que en 1975 sufrió un aparatoso accidente de tráfico junto a su esposa y sus dos hijos; poco después, John Paul Jones se rompió una mano en Rodas.
A todo esto, el grupo vuelve a la actividad en 1976 con la publicación de su álbum Presence, un trabajo bastante más mediocre que sus obras anteriores. A pesar de contener buenos temas (Achilles Last Stand, Tea For One), Presence marcó hasta el momento el punto más bajo en la carrera de Led Zeppelin. La crítica se cebó con ellos y fueron acusados de inmovilistas, dinosaurios y carentes de todo sentido de la evolución en su música. La sombra de un ocaso cercano se vislumbraba ya a la vuelta de la esquina.

Tras la edición de Presence, Led Zeppelin estrenaron la película The Song Remains The Same, filmada durante su gira de 1973 y adobada con imágenes en las que los cuatro músicos ponen de manifiesto sus anhelos y pesadillas (Page es un mago místico, Plant un héroe celta, Jones un caballero medieval y Bonham pasea por el campo con su mujer). También se publica un álbum en directo con el mismo título recogiendo la banda sonora del film, un manifiesto inmejorable de sus poderosas prestaciones sobre un escenario que recoge revisiones delirantes de algunos de sus clásicos como Whole Lotta Love, No Quarter, Stairway To Heaven o Dazed And Confused. La voz de Plant aúlla en la noche mientras la guitarra de Page gime y desgarra las entrañas del oyente en implacables oleadas de sonido estratosférico. Impresionante.
Pero la tragedia apareció en el verano de 1977. En medio de una monstruosa gira por Estados Unidos, Karac, el hijo de Robert Plant, muere debido a una extraña enfermedad vírica. Preso del nerviosismo y de diversos rumores sediciosos aireados por la prensa, Plant acusó a las prácticas satánicas y místicas de Jimmy Page de tener la culpa de lo ocurrido. Page lo desmintió y las aguas volvieron más o menos a su cauce. Pero algo se había roto, al parecer definitivamente, en la química interna del grupo. Led Zeppelin desaparecieron de la actividad pública durante tres años. En medio sucedieron muchas cosas en el mundo del rock: el punk llegó y se fue, apareció la new wawe, los sintetizadores se popularizaron...Cambió la manera de encarar y entender la música. Nuevas generaciones de cachorros criados durante la crisis de los años setenta demandaban músicas más apegadas a la realidad de la vida cotidiana, interpretadas por gente como ellos y no por semidioses bajados del Olimpo cada cierto tiempo para recoger las dádivas y ofrendas de los mortales. Aunque aún no lo sabían, el tiempo de Led Zeppelin había tocado a su fin. Pero, como ocurre en toda tragedia de corte épico, la historia no podía acabarse sin una catarsis completa. Todavía faltaba lo peor.

Por fin, en 1979, dan señales de vida. Led Zeppelin vuelven de pronto a la palestra publicando un álbum bautizado como In Through The Out Door, una obra tan escasamente inspirada y repetitiva que supondrá la mortaja artística para el cuarteto; aburrimiento, autoplagio, ombliguismo...Excepto sus más irredentos fans, todo el mundo pone el disco a parir. Listillos ellos, sus primeros conciertos albergan una especie de greatests hits zeppelinianos obviando el material de su último trabajo.
Pero el fin se acerca. Tras su célebre y espectacular aparición en el Festival de Knebworth de 1979, inician al año siguiente una breve gira europea menos exitosa de lo previsto. A su término se toman un descanso antes de embarcarse en un nuevo tour americano que nunca se llevará a cabo. El 25 de septiembre de 1980 muere John Bonham en una de las mansiones de Jimmy Page, ésta ubicada en Windsor. El misterio rodea su muerte, por cuanto la autopsia revela que su fallecimiento se ha debido a causas naturales, y claro, nadie se lo cree. Vuelven los rumores de prácticas satánicas en casa de Page, pero comentaristas más objetivos apuntan a un exceso de alcohol (Bonham era un bebedor reputado protagonista de múltiples y conocidos excesos etílicos) como causa última de la muerte del batería de Led Zeppelin. Es probable.Surgen especulaciones sobre un posible sustituto de Bonham, pero el silencio del grupo se convirtió en lento y callado final definitivo. En 1981 ya todo el mundo sabía que Led Zeppelin habían dejado de existir. Los tres supervivientes se olvidaron mutuamente y tomaron diferentes direcciones, caminos divergentes que les llevaron a recorrer sendas cada vez más separadas entre sí.

En los casi treinta años transcurridos desde la muerte de John Bonham y el fin de Led Zeppelin hasta el inesperado regreso de la banda al mundo de los vivos (aunque sea de forma puntual), la trayectoria artística de los tres ex-miembros de la banda no ha sido precisamente ejemplar. John Paul Jones se dedicó a grabar y producir y a venderse como sesionero de lujo. Jimmy Page picoteó aquí y allá; publicó un disco en solitario, montó a los efímeros The Firm, y realizó diferentes colaboraciones hasta la fecha, siendo la más sonada de ellas la realizada junto al ex-vocalista de Deep Purple y Whitesnake, David Coverdale. Por su parte, Robert Plant inició una carrera personal sin excesivos altibajos o momentos gloriosos. De repente, en 1995, Page y Plant se llaman, se dan un besito, y se descuelgan con un disco firmado por los dos, titulado nada menos que como una de sus más celebradas composiciones: No Quarter. Plant y Page decidieron colaborar, aunque dejando de lado a John Paul Jones, y cogieron algunas canciones del repertorio Zep (Thank You, Kashmir, Battle Of Evermore), las embadurnaron de aromas magrebíes, y grabaron un puñado de nuevos temas junto a la sección rítmica del grupo de Robert Plant (Charlie Jones y Michael Lee), mercenarios como Porl Thompson o Jim Sutherland, y un montón de músicos marroquíes, egipcios e hindúes, que proporcionaban a No Quarter un sonido exótico y bastante alejado de los paradigmas zeppelinianos. Se trata de música preferentemente acústica, folklórica y étnica, deudora de algunas de las aproximaciones del grupo a universos distantes del rock y el blues, pero con toda seguridad muy distinta a lo que los viejos fans de la banda podrían haber esperado.

Y luego, nuevamente el desierto hasta que en 2007 cobró forma la reunión de la banda para realizar un único concierto (en principio) en el 02 Arena de Londres con Jason Bonham, hijo del fallecido John, en la batería, ante más de 20.000 personas. Rumores de una gran gira mundial jalearon el regreso, abortado por la firme negativa de Robert Plant a exprimir el nostálgico legado del grupo y proseguir con su carrera personal como si tal cosa. Fin de la transmisión.

martes, 10 de febrero de 2009

EL HOMBRE QUE PREFIRIÓ LA ARENA AL AIRE


Nada menos que cinco Grammys ha cosechado este año la colaboración entre Robert Plant, ex cantante de Led Zeppelin, y la cantante Alison Krauss, una veterana revisionista del legado folk y blues norteamericano. Su álbum Raising Sand ha roto todas las previsiones y ha sido el protagonista casi absoluto (con perdón de Coldplay, Lil Wayne o Radiohead) en el Staples Center de Los Angeles.

En El Periódico de Catalunya, el periodista Nando Cruz firma una acertada pieza acerca de los avatares que han rodeado la grabación de Raising Sand. Su título lo dice todo: El disco más caro del siglo XXI (yo casi diría que de toda la historia de la música). ¿Por qué? Fácil: porque para grabarlo Robert Plant renunció al más suculento negocio musical que hoy en día la industria puede tramar para resurgir de sus cenizas, nada menos que la reunión definitiva de Led Zeppelin para grabar nuevas canciones y salir de maratoniana gira por todo el mundo llenando estadios, portaaviones, pistas de aeropuertos y lo que se terciase, que ellos son capaces de eso y más.

La encrucijada que debió resolver Plant no era baladí: pasar un año aullando los gloriosos aunque consabidos estribillos de Stairway To Heaven o Whole Lotta Love a través de cinco continentes, o recluirse en un pequeño estudio de grabación junto a una artista casi desconocida fuera de Estados Unidos para grabar un trabajo sorprendente, intimista, árido y en apariencia con escasos visos de convertirse en éxito de ningún tipo. Chapeau para Plant. No se dejó tentar “por un puñado de dólares” (bueno, seguro que serían algunos puñados). Hizo lo que quería, lo que sus intestinos y sus gónadas le pedían. Renunció al viejo circo del rock and roll, dejó plantados a Jimmy Page y John Paul Jones, y prefirió trabajar con Krauss y el productor T-Bone Burnett en una aventura llena de incógnitas pero cuya singladura le ha terminado llevando a un puerto perfectamente abrigado.

¿Hay moraleja en esta historia? Quizá. Según cómo se mire. Desde mi punto de vista, en todo caso demuestra una cosa: que el dinero no lo es todo, que la independencia de criterio existe, y que un viejo rockero curtido en mil batallas y que aparentemente podría estar de vuelta de todo puede dejar de lado el negocio más rentable del mundo para disfrutar cantando unas canciones sencillas, brumosas, tenues como un hálito marino. Y, paradojas de la vida, ser finalmente recompensado por ello por la propia industria, a la cual le negó, llevado por su indomable individualismo, el negocio más espectacular del presente siglo. ¡Torero!

viernes, 9 de enero de 2009

JIMMY PAGE CUMPLE 64 AÑOS


Tal día como hoy, el 9 de enero de 1944, nació Jimmy Page, el legendario guitarrista de Led Zeppelin, la banda que reinventó el blues rock, parió el heavy metal, revolucionó el sonido del rock sesentero y se convirtió en el epítome de supergerupo de los años setenta.

La música de la banda estaba basada en composiciones que introducían ritmos aplastantes y omnipresentes, espectaculares cambios en la estructura de las canciones y endiablados juegos amatorios entre una voz poseída por un halo casi místico (la de Robert Plant) y una guitarra capaz de hablar y contar historias, de insuflar vida propia a acordes ya conocidos y repetidos miles de veces. El blues rock británico moría un poco con la publicación de sus primeros discos; nacía el heavy metal, y con él una nueva forma de entender y encarar la música rock, mayoritaria durante la primera mitad de los 70´s y todavía viva y coleando en el más rabioso presente. En el eclecticismo bien entendido radica una de las claves del éxito de Led Zeppelin. A pesar de ser comúnmente catalogados en el proceloso océano de las bandas practicantes de rock duro o metálico, Page y compañía siempre supieron diversificar su sonido y atender a muy diferenciadas demandas. ¿Rock demoledor? ¿Lirismo acústico? ¿Blues sensual, guiños al reggae, al boogie, a la música mesopotámica si es necesario? Faltaría más. Todo cabe en el caleidoscopio de su música, cada vez más rica en matices y direcciones a medida que iban publicando discos y rompiendo récords de ventas por doquier.

Led Zeppelin inauguraron la era del gigantismo, de la megalomanía, la aparatosidad y el ombligismo. Ni los Beatles ni los Rolling Stones habían llegado a causar tal expectación entre su público y los medios especializados. Un año tras otro, los miembros del grupo eran elegidos de manera recurrente en todas las votaciones populares como mejor guitarra, mejor cantante, mejor batería, mejor bajista, mejor compositor, mejor álbum, mejor concierto, etc. Tenían todos los ases en la mano y eran aclamados unánimemente como la mejor banda de rock and roll del mundo. No es baladí ni gratuito esto que digo; es fácilmente comprobable en la banda sonora de la película The Song Remains The Same, de 1973, un álbum en directo con el mismo título, un manifesto inmejorable de sus poderosas prestaciones sobre un escenario que recoge revisiones delirantes de algunos de sus clásicos como Whole Lotta Love, No Quarter, Stairway To Heaven o Dazed And Confused. La voz de Plant aúlla en la noche mientras la guitarra de Page gime y desgarra las entrañas del oyente en implacables oleadas de sonido estratosférico. Impresionante.

Pero durante su largo reinado también sucedieron muchas cosas en el mundo del rock: el punk llegó y se fue, apareció la new wawe, los sintetizadores se popularizaron...Cambió la manera de encarar y entender la música. Nuevas generaciones de cachorros criados durante la crisis de los años setenta demandaban músicas más apegadas a la realidad de la vida cotidiana, interpretadas por gente como ellos y no por semidioses bajados del Olimpo cada cierto tiempo para recoger las dádivas y ofrendas de los mortales. Aunque aún no lo sabían, el tiempo de Led Zeppelin había tocado a su fin. Pero, como ocurre en toda tragedia de corte épico, la historia no podía acabarse sin una catarsis completa. Todavía faltaba lo peor.

El 25 de septiembre de 1980 muere el batería John Bonham en una de las mansiones de Jimmy Page, ubicada en Windsor. Surgen especulaciones sobre un posible sustituto de Bonham, pero el silencio del grupo se convirtió en lento y callado final definitivo. En 1981 ya todo el mundo sabía que Led Zeppelin habían dejado de existir. Robert Plant emprendió una sólida aunque gris carrera en solitario, Page se dedicó a sestear, y por fin el pasado año se reunieron los restos del zeppelin (Page, Plant y John Paul Jones) para ofrecer un concierto de autohomenaje y poco más, pues Plant no parece dispuesto a continuar ordeñando la vaca sacrada en busca de jugosos beneficios.

En todo caso, y mientras su música pueda (y deba) seguir escuchándose, gratifiquémonos por tener el placer de disfrutar de la maquinaria de rock más devastadora que los discutidos 70´s supieron poner en marcha.