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miércoles, 27 de abril de 2011

LOS INROCKUPTIBLES X: RATAS DE ALCANTARILLA




El movimiento punk original se desarrolló entre los años 1976 y 1979 más o menos, con su epicentro situado en el año 1977. Por entonces, una interminable lista de bandas formadas por desclasados sociales e indocumentados musicales se atrevió a intentar socavar los cimientos de la Gran Bretaña social y musical mediante canciones de corta duración, velocidad galopante, sonido sucio y brutal, y consignas contra el sistema. La ruptura generacional y estética del punk fue tan grande que por aquellos años prácticamente todo lo que se publicara y oliera a rock´n´roll era calificado como punk, aunque no concordara exactamente con las premisas establecidas por grupos como Sex Pistols, Damned o The Clash.



Eso fue lo que ocurrió con The Stranglers y su primer álbum, Rattus Norvegicus. Su música ruda y nerviosa, su actitud provocativa y sus conciertos junto a otras bandas contemporáneas hicieron que se les clasificara dentro del movimiento punk. Sin embargo, The Stranglers eran mucho más que eso, eran una banda destinada a inventar, innovar y subsistir mucho más allá de las limitadas expectativas de sus compañeros de generación. Su longeva y fructífera trayectoria así lo atestigua.



Rattus Novegicus se publicó en 1977. Grabado en apenas seis semanas, y precedido de la edición del single Get A Grip, el disco tuvo enseguida una calurosa acogida por parte del público y también de la crítica, que enseguida se dio cuenta de que estábamos ante una banda totalmente diferente a sus coetáneas. Musicalmente, el sonido de The Stranglers bebía de fuentes similares a las transitadas en su día por The Doors, por ejemplo, aunque envolvían sus canciones en una dureza formal que explicaba que muchas veces fuesen etiquetados como grupo punk. Una guitarra nerviosa e inquieta, una voz fuerte y correosa, un bajo omnipresente y unos teclados juguetones eran todo lo que necesitaban para obtener uno de los sonidos más inconfundibles del momento. Ya desde las primeras notas de Sometimes, el primer tema del álbum, está muy claro que no estamos ante un simple disco de punk rock de sonido sucio y estridente. Es más, una de las características de los cuatro miembros del grupo es que, sin ser grandes virtuosos, dominan sus instrumentos mucho más allá de los cuatro acordes de referencia de la mayoría de bandas coetáneas. Esa sensación se transmite a lo largo de todo el disco, en el que existen piezas sobresalientes como Goodbye Toulouse, Hanging Around, Peaches o Down In The Sewer. También a nivel temático The Stranglers van más allá que el resto de grupos contemporáneos. Hugh Cornwell, su líder y cantante, era profesor de literatura, y siempre mantuvo una gran capacidad para sintetizar y disparar sus dardos verbales hacia áreas como la política, el armamento nuclear, la educación, y otros temas comprometidos.



Rattus Norvegicus fue una auténtica sopresa en aquel 1977, uno de los discos de referencia del final de la década. Su frescura, su descaro y su poderío hicieron del disco uno de los modelos a seguir por parte de la siguiente hornada de bandas, las adscritas al fenómeno que se llamó “new wawe”, con un estilo más sofisticado que el punk pero con la semilla de la fiereza instalada en su seno. Bandas como Vibrators, XTC o Ultravox son en extremo deudoras de discos como Rattus Norvegicus. The Stranglers continuaron su carrera con vertiginosa celeridad gracias a otros discos como No More Heroes o The Raven, en los cuales su música continuó evolucionando a cada nueva grabación. Y aunque aquí en España nunca tuvieron un reconocimiento masivo, en Gran Bretaña lograron ser, en los años ochenta, el grupo que más singles había colocado en el Top Ten británico después de los Beatles. Así pues, disfruta de este disco histórico. Si no lo conoces, te aseguramos que estás ante un auténtico hallazgo. Palabra de estrangulador.

lunes, 24 de enero de 2011

LAS PINTARRAJEADAS MUÑECAS DE NUEVA YORK


Una de las bandas de rock más legendarias, míticas, aclamadas y añoradas de la historia del rock es sin duda New York Dolls. No hay crítico o periodista musical que no los cite como una de las principales referencias del rock de los años setenta, como precursores del punk rock, como transgresores de la estética rock, como iconos del rock urbano y neoyorquino… Y eso que tan sólo publicaron dos álbumes: New York Dolls (1973, producido por Todd Rundgren), y Too Much Too Soon, de 1974; el resto son directos, descartes, reediciones, etc.

Pero es cierto que los Dolls tuvieron una agitada carrera. Su sonido sucio y urgente, su estética de travestidos degenerados, el paso de Malcolm McLaren por sus filas como manager (llegó a hacerles tocar vestidos de cuero rojo y con una bandera comunista de fondo… ¡en Estados Unidos!), en fin, todo ello contribuyó a edificar una leyenda que aún hoy perdura: la de unos salvajes visionarios que se adelantaron a su tiempo y cuyo bagaje musical y trágica trayectoria posterior (sólo dos de sus componentes siguen vivos) les hacen formar parte, y en un lugar destacado, del panteón de la música rock con todos los honores.

En los New York Dolls militó el gran Johnny Thunders, y también los baterías Jerry Nolan y Billy Murcia, y el bajista Arthur Kane, todos ellos fallecidos. Y también formaron parte del grupo el cantante David Johanssen y el guitarrista Silvayn Sylvain, los dos componentes que justo ahora anuncian nuevo disco (el tercero tras su reunificación en 2004) y gira correspondiente. Nada original, seguramente, y por supuesto lejos de la sensación de peligro y transgresión que su música y su imagen transmitían hace más de 35 años.

Pero por suerte la música siempre queda grabada. Así que no los conoces muy bien y no sabes quiénes eran los Dolls, agénciate cualquiera de sus dos discos oficiales de los setenta. Comprobarás que canciones como Personality Crisis, Vietnamese Baby, Trash, Jet Boy, Babylon o Looking For A Kiss siguen siendo tremendos pedazos de rock anfetamínico y visceral, trallazos de adrenalina nerviosa que subvertían los cánones del rock americano de aquellos años; el andamiaje primario sobre el que más tarde se construyó el efímero edificio del punk rock. En dos palabras, im-prescindibles.

martes, 13 de julio de 2010

RAMONES: RAYOS, TRUENOS Y CENTELLAS


Esta semana (el día 15) se cumplen 54 años del nacimiento de Marky Ramone (en realidad, Mark Bell), uno de los pocos supervivientes de la banda The Ramones, un grupo seminal dentro del nacimiento del punk-rock en los años setenta. Un grupo también cuya trayectoria se ha visto salpicada por la desgracia, pues tres de sus componentes originales han encontrado la muerte en los últimos diez años. Un grupo, a su vez, que merece ser recordado por muchas cosas, que pertenece por pleno derecho al breve pero intocable catálogo de bandas que en la pubertad te (me) ayudaron a abrir los ojos a la música pop. Así que, aviso: The Ramones me gustan, y mucho, y además fueron importantes para mí por varias razones.

Estamos en el primer lustro de la década de los setenta. En Nueva York, más concretamente en el barrio de Queens, tres tipos musicalmente analfabetos tratan de matar el tedio aporreando caóticamente sus instrumentos sin coherencia alguna pero con una rabia y unas ganas dignas de mejores cometidos. Pronto entran en contacto con Tommy Erdelyi (el único superviviente de la formación original), antiguo músico y asistente de grabaciones propietario junto a un amigo de una pequeña sala para ensayos y conciertos: el Performance Studio de Manhattan. Nacen así The Ramones, (Joey, Tommy, Dee Dee y Johnny). Ya está lista la formación definitiva de la banda, la que dará lugar a su larga leyenda, y la que como ninguna otra supo convertir la música de cuatro gamberros alienados e inconscientes en todo un estilo de vida y en una fuente de inspiración para docenas de bandas en todo el mundo.

Asentados y decididos a llevar adelante sus ambiciones musicales como sea, unos pocos meses de ensayos confieren a sus composiciones un estilo que ya en sus albores es inconfundible. Agitan en su coctelera unas cuantas reminiscencias de rock’n’roll clásico (Elvis, Chuck Berry, Beach Boys), unas gotas de nostalgia sixties (Rolling Stones, las producciones de Phil Spector) y varios ingredientes del rock más truculento de los últimos años (The Stooges, New York Dolls, Alice Cooper), y les insuflan una nueva vida merced a composiciones de dos minutos de duración con el tempo acelerado hasta límites casi inhumanos. La marca de la casa de su música es la recuperación pura y dura de la quintaesencia del rock: acordes esenciales, riffs pegajosos, energía a raudales y velocidad de vértigo, todo ellos puesto al servicio de unas canciones minimalistas en las que desaparecen por completo los solos de guitarra y hasta los breaks de batería y se convierten en descargas energéticas de alto voltaje. Con estos ingredientes, The Ramones, sin saberlo, se aprestan a conquistar el mundo y a convertirse en una de las influencias más importantes y longevas del rock americano de los últimos veinticinco años. Influencia que comienza con la publicación de su primer y nunca suficientemente bien ponderado disco.

The Ramones, quizá como ningún otro álbum suyo en estudio, ejemplifica su propuesta de manera diáfana. Muchos de los temas-himno del grupo aparecen aquí: píldoras anfetamínicas como Blitzkrieg Bop, Judy Is A Punk, Chainsaw o Havana Affair destacan por lo perennes que fueron en sus repertorios de toda la vida, a pesar de que el tono general del álbum es eufórico, excitante, refrescante y muy divertido. Los catorce latigazos del disco (trece navajazos propios más una cover del Let’s Dance de Jim Lee), incomprendidos en su momento (les llamaron de todo: retrógrados, simplistas, subnormales, paletos, etc.), se convirtieron con el advenimiento del punk rock en uno de los principales capítulos del Antiguo Testamento de ese género. Con una celeridad inusitada hoy en día, en otoño del mismo 1976 vuelven a encerrarse en un estudio y a principios del 77 (el año de la definitiva explosión punk) publican Leave Home, otra ráfaga de fuego cruzado y efervescencia troglodita que deja para la posteridad un sonido un tanto más “refinado”, y nuevas joyas inmortales en su repertorio como Pinhead, Commando o Gimme Gimme Shock Treatment, entre otras muchas descargas de violencia sónica de dos minutos de duración. Durante el mismo año van y editan su tercer álbum: Rocket To Russia, la tercera pata de su trilogía inicial y otra soberbia muestra de su facilidad para manejar riffs demoledores, ritmos imparables y estribillos inolvidables.

Tras la entrada de Marky Ramone en la batería sustituyendo a Tommy en 1978, la banda se decide a ofrecer al mundo su obra maestra: It's Alive. Es muy poco habitual asegurar que un disco en directo (tópico, recurrente y manido subterfugio en demasiadas ocasiones) se encuentra entre lo mejor de la discografía de un grupo. Pero es que It’s Alive puede ser considerado como la quintaesencia del rock en estado puro; sin duda uno de los mejores discos en directo de toda la historia del género. Grabado en la nochevieja de 1977 (es decir, con la formación original al completo) en el Rainbow Theatre de Londres, It’s Alive (1979) es una auténtica orgía de energía en estado puro que enlaza sin parar veintiocho (28) temas del repertorio ramoniano ejecutados con un furor sin límites. Vamos, la pesadilla más negra y sádica que tu equipo de música puede proporcionar a tus vecinos. Y en 1980, la banda ve realizado uno de sus sueños: el productor de su siguiente trabajo, End Of The Century, es nada menos que Phil Spector, otro de los ídolos de los neoyorquinos. Trabada la relación entre banda y mito durante el rodaje de Rock’n’roll High School, Spector accede a dejar su impronta en otro de los trabajos imprescindibles del grupo.

Pero con el cambio de década, la banda comenzó a hacer gala de una velocidad de crucero menos vertiginosa en su trayectoria. Tras siete años juntos, era muy difícil mantener la frescura y la rabia inicial, y todas las bandas, por muy aparentemente cuadriculada que sea su música, acaban intentando añadir nuevos elementos, buscando nuevas vías y sonidos y, en definitiva, cambios que retrasen el estancamiento en el que inevitablemente se cae. A partir de aquí, la carrera del grupo entra en una prolongada fase de altibajos prolongada hasta 1995, año de edición de Adiós Amigos, el punto y final a más de veinte años de guitarreo incesante. La publicación en 1999 de Hey Ho Let’s Go The Ramones Anthology es el inmejorable e indispensable legado que una banda de la importancia de The Ramones necesitaba y merecía.

Con todo, los Ramones han sido mucho más determinantes para la historia del rock de lo que muchos han querido reconocer. Pero para darse cuenta del verdadero valor de su carrera, nada mejor que la lista que la prestigiosa revista SPIN realizó para proclamar los grupos y solistas más influyentes de la historia del rock. Allí, junto a Beatles, Rolling Stones, Led Zeppelin o Jimi Hendrix, los Ramones figuraban en letras de oro para proclamar a los cuatro vientos la necesidad de que en el mundo todavía haya gente que aúlle, grite, baile y salte cuando oiga el estruendo formado por cuatro tipos malcarados que machacan sus instrumentos mientras ejecutan esa música que parecía que no iba a ser más que una moda pasajera de la juventud norteamericana de mediados de los años cincuenta: rock.

UN EPÍLOGO PERSONAL: Primavera de 1981: un colega me propone realizar juntos un par de comics para un fanzine que se llamaba La Julandrona. Como la temática deviene un tanto... digamos subversiva, mi colega argumenta la necesidad de adoptar seudónimos para firmar nuestra obra. El que yo elijo es Gabba Gabba Hey. Y no preguntes por qué.

viernes, 21 de mayo de 2010

PLACERES DESCONOCIDOS


En la mañana del 18 de mayo de 1980 (hace ahora 30 años), Ian Curtis, cantante de Joy Division, pone el disco The Idiot, de Iggy Pop en reproductor de su casa. Luego escribe una breve nota a su esposa y acto seguido se ahorca en la cocina de su casa. Nadie pudo entender sus motivaciones, el por qué de ese triste final en los albores del estrellato de Joy Division. Lo que sí puede decirse es que Curtis lo dio todo por la banda. Incluida su propia vida. Joy Division aparecieron en un momento clave de la historia del rock. De ser visto como una moda pasajera en sus primeros años, y como una corriente artística después, con el advenimiento del punk había quedado claro que podía ser una cosa seria. Los mensajes apocalípticos del punk fueron interiorizados por Ian Curtis y los suyos, y convertidos en temibles mensajes de desesperanza, odio y confusión.

Nacidos en Manchester, Joy Division se inspiraron directamente en grupos como los Sex Pistols, aunque rápidamente se vio que su música superaba todo intento de etiquetado. Hiperbólica, implícita y de contornos distorsionados, era música casi sin pasado, con apenas referencias previas. Mezclando siempre realidad y ficción junto con visiones apocalípticas y una estética oscura, Joy Division no se parecían en nada a ninguna otra banda, ni del pasado ni de su presente. El álbum de debut del grupo fue Unknown Pleasures, publicado en 1979. Aunque accesible y lleno de canciones relativamente fáciles de recordar, supuraba urgencia, tristeza y oscuridad por los cuatro costados. Unknown Pleasures no contenía ni un átomo de inocencia juvenil, ni de canto a la diversión. Ignoraba los sentimientos positivos para centrarse en la desesperación, la monotonía, el horror de unas vidas vacías y carentes de esperanzas. Con este disco, el rock llegó a su definitiva e hiriente mayoría de edad.

La imagen de la portada de Unknown Pleasures mostraba la transcripción de la señal de una estrella agonizante. En el interior de la carpeta, una producción cruda y cortante enmarca ritmos monolíticos, guitarras abrasivas y lamentos dolidos. El frenesí, la alucinación, el caos y la angustia vital brotan de cada surco de un álbum que estilísticamente fundía rock y punk, pero que en realidad inventaba un nuevo género: el rock enfermizo, obsesivo, tenso y melancólico. Un sonido insólito y abrumador. El sonido del horror absoluto. Ese horror, no obstante, no abrasa inmediatamente. Crece lentamente a lo largo del disco, que comienza inquietante y misterioso con el tema Disorder, pero que muy pronto adquiere una consistencia enfermiza y frenética de la mano de canciones como Day Of The Lords, Shadowlands o Interzone, pasando por la siniestra e incómoda I Remember Nothing y esa maravilla trágica que es She’s Lost Control. Desde su debut, desde su primer artefacto discográfico, Joy Division ya proclamaban a las claras su singularidad absoluta.

Una singularidad que en buena parte recae en las atmósferas recreadas en el disco. Ruidos de pistolas, cristales rotos, zumbidos, chirridos, ambientes opresivos, urgencia… Urbanos e industriales, Joy Division recrean en Unknown Pleasures toda la paranoia mental (Ian Curtis era epiléptico y maníaco depresivo) de que eran capaces. Sin un segundo de tregua. Sin segundas oportunidades. Un golpe bajo y seco en forma de disco que claramente marcó un antes y un después en la historia de la música rock.

Una historia que ya hemos avanzado al principio. Tras un segundo álbum llamado Closer, Curtis puso fin a su vida, y por extensión, a Joy Division. Los supervivientes se reagruparon bajo el nombre de New Order, y el legado musical de Unknown Pleasures se ramificó en multitud de direcciones durante las dos décadas siguientes. Pero siempre nos quedará en el recuerdo esta epopeya de oscuridad y desesperación. Lo fundamental, no obstante, sigue siendo su música. Alucinada, transgresora. En definitiva, magnífica.

viernes, 16 de abril de 2010

LA GRAN ESTAFA DEL ROCK’N’ROLL


Hace unos diez días falleció víctima de un cáncer de pulmón a los 64 años de edad Malcolm McLaren, uno de los personajes más curiosos, intrigantes y carismáticos que haya pululado nunca por las verdes praderas del rock’n’roll. Diseñador de moda arriesgado e innovador, pretendido filósofo influenciado por los situacionistas franceses, fue siempre un rebelde provocador que llevó al extremo la idea de alborotar era rentable.

Comenzó su curioso periplo abriendo una tienda de moda en Londres bautizada como Let It Rock, junto a su por entonces socia Vivienne Westwood, pero muy pronto decidió que eso de la ropa era poco para él y se hizo manager musical. Su primer grupo fue nada menos que los New York Dolls, un combo de rock sucio y salvaje a caballo entre los Rolling Stones y los Stooges de Iggy Pop, allá por 1975. Los Dolls (cuya formación albergó a músicos como David JoHansen o Johnny Thunders) comenzaron su breve carrera disfrazados de prostitutas travestizadas, y al bueno de Malcolm, que quería ir siempre un paso más allá, no se le ocurrió otra forma de promocionarlos que vestirlos por entero de cuero rojo y hacerles actuar con una bandera comunista a su espalda por todo Estados Unidos.

El resultado de dicha estrategia fue la rápida disolución del grupo y la vuelta de MacLaren a su oficio inicial; abrió una nueva tienda de ropa en Londres llamada Sex y esperó, dedicado a lamerse las heridas de su desmedido ego mientras tanto. No mucho después, Malcolm se fijó en un grupo de jóvenes airados que solía merodear cerca de la tienda. Y ese día tuvo una idea, La Idea. En pocas semanas, la pandilla de desempleados harapientos se convirtió en el germen de los Sex Pistols, el grupo más irreverente y odiado de la historia del rock.

El resto de la historia es más o menos conocido. Los Pistols publicaron unos cuantos singles incendiarios (Anarchy In The UK, God Save The Queen, Pretty Vacant), y un único álbum (Never Mind The Bollocks), y en apenas un año fueron Atila, los Hunos y Gengis Khan, todo junto y revuelto, siendo prohibidos a diestro y siniestro en radios y televisiones y convirtiéndose en el grupo más popular del planeta con apenas un puñado de canciones y cuatro nociones musicales básicas. Sí, Malcolm McLaren fue de hecho el inventor del punk, por si alguien no lo sabía todavía.

Pero la banda se cansó rápidamente de él y sus manipulaciones (retratadas en la película The Great Rock’n’roll Swindle) y se descompuso en 1978. McLaren lo volvió a intentar con Bow Wow Wow, y posteriormente con el hip hop, los ritmos étnicos y la World music antes de dedicar sus esfuerzos (baldíos) al cine y la televisión. Pero no tuvo suerte, y su paso por la vida será únicamente recordado por sus extravagancias de los años 70 y por ser capaz (ahí es nada) de tomarle el pelo a toda una generación mundial que creyó que aquellos cuatro jóvenes con el pelo de punta podrían poner en jaque al sistema. Gran broma.

viernes, 22 de mayo de 2009

EL SUICIDIO PERFECTO


Menudo nombre, Suicide. Y menuda portada la de su primer álbum homónimo. El dúo formado por el vocalista Alan Vega y el teclista/multiinstrumentista Martin Rev se forma en Nueva York a principios de los años setenta, pero no es hasta 1977 que publican su primer álbum, Suicide. Un disco peligroso. Una de esas obras en que has de vigilar muy bien cuál es tu estado de ánimo antes de escucharla. No es para menos, pues el álbum de debut de Suicide es un verdadero recorrido por el horror, la angustia, la agitación emocional y el minimalismo artístico. En suma, un artefacto destinado a remover conciencias y sentimientos como pocas veces en la historia del rock nadie ha osado crear.

La propuesta musical de Suicide cayó como un jarro de agua fría en la concurrida escena neoyorquina de la época, marcada por la proliferación de bandas como Television, Blondie, Ramones o Talking Heads. El espítiru de Suicide era básicamente punk, aunque lo que más chocaba era que su música era generada mediante teclados, sintetizadores y cajas de ritmo. El componente punk del dúo era básicamente la actitud. Aunque musicalmente pueda no parecerlo, su gusto por lo primario, por lo molesto y lo agresivo era cien veces más punk que miles de discos hechos con guitarras y catalogados como tal. Sus actuaciones eran auténticas provocaciones que a menudo degeneraban en batallas campales entre músicos y público.

Suicide, el disco, es posiblemente la obra más innovadora, valiente, arriesgada y temeraria del rock de los años setenta. Su música y sus canciones son como un virus infeccioso que penetra en la sangre y los órganos internos para no irse nunca más. Es más, a medida que uno escucha el álbum, la sensación de peligro, de amenaza latente, aumenta por momentos. Es la misma sensación que se experimenta al ver películas como Alien o Depredador; la sensación de que allí fuera hay algo temible y desconocido. Y que cada vez se va acercando más y más. Y aún así, Suicide no dejaba de ser en esencia una banda de rock and roll. El registro vocal de Alan Vega se acercaba al de Gene Vincent o Elvis Presley. Los teclados de Martin Rev escupían riffs venenosos que podrían haber sido perfectamente interpretados con guitarras eléctricas. La caja de ritmos ametrallaba los oídos con bases de rockabilly mutante. Y por si fuera poco, además, inventaron el techno. Mucho antes que Soft Cell, Depeche Mode o Pet Shop Boys, Suicide fueron el primer dúo de música techno del mundo.

El primer disco de Suicide es sin duda una obra de referencia. Desde los primeros acordes de Ghost Rider ya se advierte que estamos ante algo totalmente nuevo, a pesar de que ambos músicos son profundos conocedores del más glorioso pasado de la música rock. Ese conocimiento se intuye también en temas como Johnny o Cheree, monocordes y agresivas composiciones en cuyos recovecos se revuelven los espíritus de Buddy Holly o el propio Elvis. También pueden llegar a sonar algo más delicados, como demuestran en Girl u Oh, Baby, pequeñas baladas fantasmales repletas de inquietantes reverberaciones. Pero es en el tema más largo del disco, Frankie Teardrop, donde Suicide exploran a fondo su vertiente más cruda y descarnada. Durante diez minutos de alaridos y espasmos secundados por una monstruosa instrumentación minimalista, el dúo cuenta la historia de un desheredado que mata a sangre fría a su mujer y su hijo para dispararse luego en la cabeza. La mitad del tema lo componen los gritos del protagonista mientras se encuentra agonizando.

No resulta difícil entender por qué muy pocos grupos han recogido la antorcha prendida por Suicide. Su extremismo siempre resultó incómodo. Su música era una patada certera proyectada hacia el bajo vientre de una sociedad que negaba parte de su realidad, que no quería verse retratada de forma tan agria. El sucio realismo de sus canciones incomodaba hasta la náusea a la mayoría de los consumidores. Si finalmente, un día cualquiera, decides arriesgarte y probar a escuchar este disco, tómate antes un par de tazas de tila. Lo necesitarás.

miércoles, 25 de marzo de 2009

EL SIGLO QUE ACABÓ HACE TREINTA AÑOS


Repasando el blog me detuve un momento en la entrada sobre "Música y radio", que terminaba con un fragmento de la letra de un tema de los Ramones, Do You Remember Rock'n'Roll Radio?, y se me ocurrió que tenía que hacer una entrada hablando de ese disco y de esa banda (un apunte: si alguien tiene el disco y mira la portada un momento, que recuerde que de los cuatro "hermanos" tres ya están muertos). Por otra parte, mientras urgaba en el archivo de mi memoria también en la cuenta de que hay discos cuya concepción y gestación suponen en sí mismas todo un acontecimiento.Y End Of The Century es uno de esos casos, un trabajo que enfrentaba dos concepciones casi antagónicas de trabajar pero cuyo resultado final mereció todos los esfuerzos y sudores generados durante su grabación.

Formados en 1974, los neoyorquinos Ramones fueron durante seis años los adalides del rock más primario y efervescente del momento. Sus pequeñas píldoras energéticas tomaban la forma de microcanciones de dos minutos de duración construidas con unos pocos acordes de guitarra, una voz airada y unos estribillos memorables, todo ello interpretado a la velocidad del sonido. Pero en 1980 la banda decide que ha llegado la hora de añadir algunos matices a su música y contrata para producir su siguiente disco a uno de sus ídolos de juventud: el gran Phil Spector, el inventor del mítico wall of sound de sus producciones de los años sesenta, y un auténtico mito de los estudios de grabación que en aquellos momentos tenía más de veinte números uno en su palmarés.

Hasta ese momento, la disciplina de andar por casa impuesta por Tommy Ramone, batería y productor del grupo, configuraba lo que era el concepto Ramone: una familia feliz en la que nadie discute jamás y todos componen una escena de chicos buenos sentados alrededor de una mesa tomando latas y más latas de cerveza. Según declaraciones de Johnny Ramone, guitarrista de la banda, estuvieron de acuerdo en que Phil Spector fuera el productor porque necesitaban tener mas aceptación del publico y su trabajo siempre les había maravillado. Pero no se imaginaban que la grabación del álbum terminara siendo tan problemática y truculenta, y finalmente se convirtiera en una auténtica leyenda, en uno de esos discos cuyo proceso de gestación por sí sólo ya lo define como un clásico sin discusión.

End of the Century (o más bien su grabación) es recordado de una manera poco placentera por los propios Ramones, ya que Phil Spector les hacia repetir cientos de veces una canción y los volvía locos con sus obsesiones. Además, los Ramones eran una banda que hasta entonces grababan sus discos muy rápido. Según una historia contada por el bajista Dee Dee Ramone, Spector los tuvo amenazados con una pistola, encerrados dentro del estudio de grabación, para que terminaran de grabar los temas del disco. Maníaco de la perfección, Spector era un verdadero tirano que estaba decidido a hacer entrar en vereda a aquellos cuatro gamberros que mascaba chicle y apenas sabían dar más de cuatro acordes seguidos.

No obstante valió la pena el sacrificio que hizo la banda y es indudable que el álbum tiene un sonido impresionante. Esta lleno de rock furibundo marca de la casa y aporta clásicos como Chinese Rocks o el mismo Do You Remember Rock'n'roll Radio?, una versión del Baby, I love You de las Ronettes que eligió Phil Spector, en donde la voz de Joey Ramone suena de maravilla, y temas de gancho indiscutible como I Can't Make It On Time y All the Way, aunque el gran clásico de este disco sería Rock n' Roll Highschool.

Con End Of The Century, Ramones adquirieron también un respeto entre la crítica que anteriormente no poseían. A partir de su publicación, la banda pasó a ser considerada como adelantada a su tiempo, inteligente, ecléctica, y mil epítetos más. El calvario de la grabación acabó valiendo la pena, pues End Of The Century terminó convirtiéndose en un clásico, en una obra en que colisionan dos maneras contrapuestas de entender la música popular, pero ambas perfectamente válidas: el genio de un melómano perfeccionista hasta el más obsesivo detalle, y la efervescencia de una banda de rock puro y duro en estado de gracia. En mi opinión, la última gran obra de los Ramones (de quienes, por cierto, recomiendo encarecidamente a todo aquel que disfrute con el rock desenfrenado y escueto el inceíble directo It's Alive), y seguramente también de Spector. Irrepetible, definitorio, premonitorio también... End Of The Century, uno de esos discos para llevarte hasta el fin del mundo.

viernes, 30 de enero de 2009

EL PUNK CINCUENTÓN


Hoy cumple cincuenta y tres años John Lydon, más conocido hace treinta años por Johnny Rotten. Sí, es el ex-cantante de Sex Pistols, la banda que en su día conmocionó como nadie lo había hecho nunca los cimientos de la industria del disco y la sociedad británica.

De todos los cambios y revoluciones que ha vivido la música rock desde su nacimiento en los años cincuenta, ninguno tuvo tantas consecuencias, tanto a nivel musical como ideológico, como el punk rock. El punk sacudió la conciencia de toda una generación, escandalizó al establishment político, mediático y musical de la época, y trazó una gruesa línea divisoria entre lo que se estaba haciendo hasta ese momento y lo que se hizo a partir de entonces. Fue, repito, una auténtica revolución en toda regla. Y la mayor parte de la responsabilidad hay que achacársela precisamente a los Sex Pistols.

La historia comienza aproximadamente en 1976. Una grave crisis económica recorría el Reino Unido y el resto de Europa. La juventud de aquellos años parecía condenada al desempleo y a la carencia de horizontes de futuro. Musicalmente, la generación que tenía entre 16 y 20 años no se sentía representada por los artistas dominantes: las bandas veteranas que provenían de los años 60 como Rolling Stones o Who, los dioses del heavy metal como Led Zeppelin o Deep Purple, y la avanzadilla del llamado rock sinfónico, con grupos como Yes o Genesis. En este contexto nacen a mediados de la década numerosas bandas prácticamente amateurs que ensayan en garajes y que tienen una preparación musical casi nula. Una de ellas es Sex Pistols, un combo formado por cuatro perdedores sin futuro que construyen un rock básico y furibundo con apenas cuatro acordes pero con una agresividad y una urgencia que pronto les hace destacar de entre toda la nueva hornada.

Ahora bien, ¿cuándo comenzó el punk? Musicalmente sus orígenes se remontan a grupos como Velvet Underground, The Stooges o New York Dolls, pero en cuanto a actitud, iconografía y filosofía, comienza cuando unos imberbes Sex Pistols intervienen en un programa de televisión y en menos de dos minutos sueltan tal cantidad de tacos e insultos que el programa es suspendido y su presentador, despedido. A partir de ese momento, su leyenda crece como la espuma. Los componentes del grupo, comandado por Johnny Rotten y Sid Vicious, ven cómo sistemáticamente sus primeros singles (Anarchy In The UK, God Save The Queen o Pretty Vacant) son censurados, vetados y criticados por la prensa, los políticos y los músicos más veteranos.

La virulencia de los ataques, no obstante, no les arredra. Entre escándalos, prohibiciones y giras llenas de incidentes, los Sex Pistols tienen tiempo de grabar el que será su único álbum: Never Mind The Bollocks, un rugido cortante y provocador interpretado con la furia que otorga la auténtica desesperación. Ellos saben que no durarán, que el tiempo se les acabará rápido, que están destinados a ser flor de un día. Pero esa flor aún conserva, treinta y dos años después de su publicación, todo el aroma de rebelión y desafío que desprendía en 1977. Never Mind The Bollocks contenía originalmente doce canciones, doce puñetazos en el estómago interpretados espasmódicamente con una virulencia sin precedentes. Más que un disco, es un grito, el grito de aquellos que carecen de esperanza, de futuro e incluso de conciencia de la importancia de lo que estaban haciendo.

En su veloz camino hacia la autodestrucción, los Sex Pistols aún tuvieron tiempo de publicar unos pocos singles más hasta su autoinmolación en 1978. En realidad, un único álbum más media docena de singles y algunos descartes configuran toda la obra de la banda. Su efímera existencia es en buena medida paradigma del fenómeno punk. Tan rápido como vino se fue, aunque sus secuelas todavía perduran, tanto que aún hoy todavía está vigente una pregunta que todos hemos oído en múltiples ocasiones: ¿dónde estabas tú en el 77? Ellos, los Sex Pistols, estaban donde siempre estuvieron: en el mismo ojo del huracán.

viernes, 23 de enero de 2009

LA LLAMADA DE LONDRES


Este 2009 se cumplirán 30 años de la publicación de London Calling de The Clash, uno de los discos sobre los cuales casi todo el mundo se ha puesto siempre de acuerdo en calificar como uno de los mejores de la historia de la música rock. Siempre ha sido difícil realizar un listado sistemático de los mejores discos de la historia del rock. Pero sin duda uno de los que generarían mayor consenso sería este tercer álbum de The Clash, uno de los grupos emblemáticos de la explosión del punk rock y baluarte del rock comprometido social y políticamente.
En inglés, la palabra Clash puede traducirse por choque, conflicto o enfrentamiento. Y, en sus inicios, esa era precisamente la sensación que despertaba la música de la banda: punk urgente y desesperado plagado de soflamas antisistema, denuncias políticas y antiamericanismo. Con estos ingredientes, fabricaron dos discos bastante bien recibidos, aunque tras la publicación del segundo ellos mismos se dieron cuenta de que podían acabar en un callejón sin salida estilístico si no incorporaban nuevos elementos a su bagaje musical.

Por suerte, The Clash siempre habían estado abiertos a otras músicas y eran mucho más cosmopolitas que otros compañeros de generación. Así pues, decidieron que el punk necesitaba hacer turismo y revolcarse en playas y parajes ajenos para renovarse. La música caribeña, el reggae y el interminable legado de la música negra procedente de Estados Unidos fueron los principales caladeros en los que faenaron para acometer la grabación de su tercer disco.

London Calling se publicó como un doble disco (el vinilo, ¿recuerdas?) que se vendía al precio de uno sólo. No contentos con eso, mostraron un grado de inspiración, eclecticismo y rebeldía que pocas veces se ha visto en la música rock. Ya desde su misma portada, London Calling anuncia una tormenta sonora, un derroche de energía y una carga de creatividad pocas veces igualada.

En London Calling, The Clash se dedican a reinventar, reciclar y proponer nuevas vías para el rock de los años ochenta, que ya estaba a la vuelta de la esquina. En el doble álbum podemos encontrar punk más o menos evolucionado, rock clásico, reggae, ska, soul, y, sobre todo, música absolutamente atemporal. The Clash tuvieron, además, la virtud de acercarse a toda esta retahila de influencias y estilos sin complejos, con la mente bien abierta y una buena dosis de comercialidad bien entendida. Comercialidad que es perfectamente visible en canciones como Lost In The Supermarket, The Guns Of Brixton, Revolution Rock o Spanish Bombs, un divertido alegato contra la Guerra Civil española. Pero no se quedaba ahí la genialidad del disco, pues éste estaba repleto de temas memorables, cada uno un mundo en sí mismo. Desde la pieza que abre el disco y le da título al tema final, Train In Vain, London Calling es una inagotable fuente de hits que únicamente demanda para su disfrute de una actitud abierta por parte del oyente. Eso sí, la satisfacción está garantizada.

Un año después, intentaron repetir la jugada con Sandinista, un triple álbum tan o más ecléctico que el anterior, aunque su nivel global no alcanzara las cotas de excelencia logradas por London Calling. Pero no importaba. The Clash eran ya intocables, y la prueba es que la escucha del álbum, treinta años después de ser publicado, es tan satisfactoria como lo era entonces. Creativos, independientes y comprometidos con su tiempo, The Clash han perdurado como ejemplo de integridad y firmeza, como paradigma de banda que, mediante la música, analiza y expone los problemas sociales de su época. Muy pocos pueden decir lo mismo. Y ahí reside, en buena parte, su grandeza.

martes, 13 de enero de 2009

RATAS, CUERVOS Y FELINOS


Leo en la web de indyrock que el grupo británico The Stranglers tocan en España a finales de mes (28 de enero en el Razzmatazz de Barcelona, el 29 en el Joy Eslava y el 2 de febrero en Santana 27 en Bilbao). The Stranglers, formados inicialmente en 1974, son uno de mis grupos favoritos de todos los tiempos y una de las bandas más emblemáticas del pop-rock británico de finales de los setenta y de los años ochenta.

Por cierto, ¿alguien se acuerda del punk-rock? El movimiento punk original se desarrolló entre los años 1976 y 1979 más o menos, con su epicentro situado en el año 1977. Por entonces, una interminable lista de bandas formadas por desclasados sociales e indocumentados musicales se atrevió a intentar socavar los cimientos de la Gran Bretaña social y musical mediante canciones de corta duración, velocidad galopante, sonido sucio y brutal, y consignas contra el sistema.
La ruptura generacional y estética del punk fue tan grande que por aquellos años prácticamente todo lo que se publicara y oliera a rock´n´roll era calificado como punk, aunque no concordara exactamente con las premisas establecidas por grupos como Sex Pistols, Damned o The Clash. Eso fue lo que ocurrió con The Stranglers y su primer álbum, Rattus Norvegicus. Su música ruda y nerviosa, su actitud provocativa y sus conciertos junto a otras bandas contemporáneas hicieron que se les clasificara dentro del movimiento punk. Sin embargo, The Stranglers eran mucho más que eso, eran una banda destinada a inventar, innovar y subsistir mucho más allá de las limitadas expectativas de sus compañeros de generación. Su longeva y fructífera trayectoria así lo atestigua.

Rattus Norvegicus se publicó en 1977. Grabado en apenas seis semanas, y precedido de la edición del single Get A Grip, el disco tuvo enseguida una calurosa acogida por parte del público y también de la crítica, que enseguida se dio cuenta de que estábamos ante una banda totalmente diferente a sus coetáneas. Musicalmente, el sonido de The Stranglers bebía de fuentes similares a las transitadas en su día por The Doors, por ejemplo, aunque envolvían sus canciones en una dureza formal que explicaba que muchas veces fuesen etiquetados como grupo punk. Una guitarra nerviosa e inquieta, una voz fuerte y correosa (ambas gentileza de Hugh Cornwell), un bajo omnipresente (Jean Jacques Burnel) y unos teclados juguetones (Dave Greenfield) eran todo lo que necesitaban para obtener uno de los sonidos más inconfundibles del momento.

The Stranglers continuaron su carrera con vertiginosa celeridad gracias a otros discos como No More Heroes, The Raven o Feline, en los cuales su música continuó evolucionando a cada nueva grabación. Y aunque aquí en España nunca tuvieron un reconocimiento masivo, en Gran Bretaña lograron ser, en los años ochenta, el grupo que más singles había colocado en el Top Ten británico después de los Beatles (ahí es nada). También ostenta el dudoso record de ser el grupo inglés cuyas letras eran más perseguidas por la censura del momento. Si no los conoces, difícilmente tendrás mejor oportunidad de hacerlo; si creciste y evolucionaste junto a su música... bueno, no creo que deba decir nada más al respecto.

miércoles, 7 de enero de 2009

MUERE RON ASHETON, GUITARRA DE THE STOOGES


Acabo de conocer la muerte de Ron Asheton, el legendario guitarrista de The Stooges, la banda en que se dio a conocer Iggy Pop y que fue un auténtico mito del rock más agresivo y visceral de los años setenta.


Si reuniéramos a 50 críticos musicales de todo el mundo, y se les propusiese hacer una lista con los diez discos más importantes de la historia del rock, buena parte de ellos incluiría Funhouse, el disco más venenoso, furibundo y violento publicado por The Stooges. Su música, plasmada inicialmente en un primer disco bautizado como The Stooges, era un eructo eléctrico lleno de gases incandescentes mal digeridos. Una sección rítmica monolítica martilleaba sin piedad ritmos pétreos sobre los cuales evolucionaban una guitarra crujiente y una voz malévola. La banda se hizo un cierto nombre en el circuito de locales menores de Detroit y alrededores, sobre todo por la catarsis de violencia que suponían sus conciertos.


Funhouse fue una obra de violencia sonora extrema. Su sonido es como un puñetazo en la boca del estómago. La base rítmica actúa como un martillo pilón a plena potencia que taladra cualquier mineral que se le ponga por delante. La guitarra es puro ácido sulfúrico, una pared de sonido inmisericorde y sobresaturado que escupe un mortal veneno. Y la voz... la voz de Iggy Pop hiere, grita, se retuerce de dolor, desafía, se rebela, emplaza y profiere consignas y lamentos a partes iguales. Grabado prácticamente en directo en el interior del estudio, el álbum está considerado como pieza clave en el desarrollo de todo el rock posterior, sobre todo en la eclosión, años más tarde, del punk-rock británico.


Poco después, la muerte del bajista Dave Alexander y la entrada del nuevo miembro James Williamson trajeron un largo periodo de confusión al grupo, conducido al ostracismo y la autodestrucción por culpa de la adicción a la heroína de varios de sus miembros.
No fue hasta 1973 que David Bowie los rescató del olvido y les produjo su tercer álbum, Raw Power. Pero este nuevo trabajo tampoco funcionó comercialmente, y la banda se desintegró al año siguiente, momento a partir del cual Iggy Pop comenzó su propia carrera en solitario.


Funhouse era el disco que, cuando yo tenía dieciséis o diecisiete años, escuchaba cuando llovía y quería que saliese el sol, el sol que Ron Asheton ya no volverá a ver. Sirva esta entrada al blog de merecido homenaje.