martes, 23 de marzo de 2010

CUENTOS DEL CIELO DEL ROCK AND ROLL (XVII)


Después de 9 años sin subirse a un escenario, Elvis regresa a los escenarios tras el espectacular éxito de su especial televisivo navideño de 1968. El evento se produce en el Hotel Internacional de Las Vegas, el 31 de Julio de 1969, y su compañía discográfica aprovecha para realizar una serie de grabaciones durante el mes de Agosto. Esta serie de conciertos muestra la esencia de las mejores actuaciones en directo del Rey, en Las Vegas, en ese mágico 1969. Muestran la fuerza de Elvis Presley ante el público, y mezcla perfectamente temas clásicos, como Blue Suede Shoes, All Shook Up o Hound Dog, y otros nuevos, como In The Ghetto y Suspicious Minds. En definitiva, si no has escuchado alguno de estos conciertos (por ejemplo, el recogido en Elvis In Person o Elvis At The International), no sabes todavía quién es Elvis Presley. Live At The International , por ejemplo, te cautivará, te hará vibrar, saltar, bailar, y también emocionarte. Es, sencillamente, ELVIS en su mejor momento.

Elvis, en un estupendo estado de forma física y mental, se coloca de nuevo en la cima de la pirámide de la música rock. De nuevo es el superpredador de los escenarios que conmocionó el planeta quince años antes. Con sus patillas anchas, sus extravagantes trajes, sus patadas de karate, sus besos a las señoritas de primera fila... Puro y auténtico espectáculo.

Durante ocho años (de 1969 a 1977), Elvis decoró de glamour y rock and roll los casinos de Las Vegas y así logró revitalizar y reinventar su carrera. La estancia en Las Vegas hizo crecer el mito de Elvis Presley y su personaje. Su imagen en esta época es la más reconocible y se ha convertido en un icono de la cultura popular del siglo XX y también del XXI, explotado por miles de imitadores. Pero nunca hay que olvidar que, trajes y desenfreno al margen, Elvis escribió en esos años un gran, único y memorable capítulo en la historia del rock. Uno más.

miércoles, 17 de marzo de 2010

PLACERES CONFESABLES


Hay placeres ocultos y placeres públicos, confesables. Digo esto a raíz de la noticia (sorpresa) de la inesperada reunión del trío superviviente de la formación original de Roxy Music, la legendaria banda liderada por Bryan Ferry, y cuyo acto principal será el concierto que ofrecerán en Barcelona en el marco del festival Sónar el 19 de junio. Una noticia para celebrar, pues hace exactamente 28 años de la última actuación del grupo en tierras ibéricas. Y una noticia que, cómo no, me lleva (a mí, fan confeso e irreductible de la banda) a bucear en su fascinante pasado.

La aparición de Roxy Music en el panorama de la música rock de principio de los años setenta supuso una auténtica bocanada de aire fresco. En plena eclosión del glam-rock y del rock sinfónico, la banda liderada por Bryan Ferry debutó en 1972 con un primer álbum llamado simplemente Roxy Music. Sin embargo, su música no tenía (nunca lo tuvo) nada de simple, y mucho menos de vulgar. El cantante y compositor Bryan Ferry, el guitarrista Phil Manzanera, el saxofonista Andy McKay, el teclista Brian Eno y el batería Paul Thompson revolucionaron el rock de aquellos años. ¿Su secreto? Un profundo conocimiento del rock clásico de los años cincuenta, una inconfundible pátina de sofisticada banda europea, y un tratamiento innovador y futurista del sonido de los instrumentos.

El éxito del grupo fue fulgurante, y tras la buena acogida de su primer álbum y de singles como Virginia Plain o Pyjamarama, la banda se encierra en el estudio y a principios de 1973 publica su segundo álbum, For Your Pleasure, donde todas las premisas, todos los ingredientes contenidos en su primera obra, se vieron en este segundo disco corregidos y aumentados, gracias a una poderosa base rítmica y a los riffs de saxofón de Andy McKay, uno de los mejores saxofonistas de la historia del rock. Pero a esta base se añade la sofisticación, la elegancia, la imaginación, el gusto por los detalles y una ambientación cercana al lujo y la decadencia, todo ello proporcionado por las composiciones, las letras y la voz de Bryan Ferry. La guinda del apetitoso pastel la proporciona el sonido futurista, ciertas dosis de experimentación y una ambientación electrónica, fruto del genio del teclista Brian Eno, uno de los personajes que en el futuro resultará decisivo en la evolución del rock en los años setenta y ochenta. Desgraciadamente, la lucha de egos entre Ferry y Eno terminó con la marcha de este último, sustituido por Eddie Jobson a partir de su tercer álbum, Stranded.

Sus siguientes discos (el propio Stranded, Country Life, Siren) continuaron siendo, no obstante, espléndidos contenedores de grandes canciones. Temas briosos y pegadizos plagados de batallas sonoras entre los diferentes instrumentos solistas, composiciones elegantes y emotivas, canciones inclasificables de alto contenido emocional, y pequeños experimentos sonoros. Todo ello ejecutado por una banda que siempre funcionó como una maquinaria suiza, como un reloj atómico ajeno a los avatares externos. Pero en 1975, Ferry (que había emprendido una fructífera carrera en solitario), decide defenestrar a la banda. Temporalmente, claro, pues en 1978 Roxy Music resurgió de sus cenizas con una formación renovada y un sonido más lujoso y sofisticado que dio pie a otros tres grandes discos como Manifesto, Flesh And Blood y el aclamado Avalon, tras cuya publicación la banda se disolvió definitivamente y sólo ha vuelto a existir para algunas giras muy concretas en los años 2001, 2003 y 2005. Hasta ahora.

Sin embargo, su legado fue, y es, impresionante. Sobre todo sus dos primeros álbumes quedan, imborrables, como una de las cumbres imaginativas del rock de los años setenta, como obras que, si de mi dependiera, serían una asignatura obligatoria en una hipotética licenciatura en música popular; una herencia que el paso de los años ha convertido en un auténtico tesoro.

miércoles, 10 de marzo de 2010

LOS INROCKUPTIBLES I: GENTE AUTOMÁTICA


La ciudad de Athens, en el estado norteamericano de Georgia, está enclavada en una rica región algodonera. La ciudad conserva elegantes mansiones sudistas construidas antes de la Guerra de Secesión. Athens es también la población donde se halla un restaurante llamado Weaver Delicious Fine Foods, famoso por sus platos caseros, y en donde los camareros, cada vez que se pide algo, contestan: “automatic”. Si unimos las palabras Athens y “automatic”, rápidamente nos vendrá a la cabeza otra palabra, el nombre de una de las bandas imprescindibles de los últimos veinticinco años: REM. El grupo liderado por Michael Stipe es oriundo de Athens y, como casi todo el mundo sabe (o debería saber), su obra más ambiciosa, su trabajo más redondo y conseguido, es Automatic For The People.

Formados en 1979, REM se convierten durante los años ochenta en uno de los grupos más importantes e influyentes del rock contemporáneo, gracias a discos como Murmur o Green. Pero el gran salto a la fama de REM se produce mediante su álbum Out Of Time, un disco de tonos pop con el que obtuvieron varios premios Grammy y que se convirtió en uno de los álbums más vendidos de todos los tiempos. No obstante, tanto la crítica como los fans del grupo consideran que Out Of Time no es precisamente su mejor trabajo. En 1992 la banda publica Automatic For The People, la obra que representa la total madurez compositiva de un grupo que ya era grande. Con este disco, REM crea una obra maestra inolvidable justo en el momento en que transitan de ser héroes de culto a músicos internacionalmente reconocidos y aclamados. Y lo hacen con un disco que, a pesar de resultar de fácil escucha inicial, resulta con mucho el más conmovedor y emocionante de toda su larga trayectoria.

En Automatic For The People predomina la introspección, tanto temática como sonora. Dejando de lado el pop de Out Of Time, REM vuelven su mirada hacia el folk y la tradición norteamericana. Las guitarras acústicas, la armónica, el órgano y unos sensacionales arreglos de cuerda se unen para obtener un resultado de infinita melancolía, un disco que uno puede saborear tumbado en su cama durante una tarde lluviosa o viajando por carretera mientras atraviesa una carretera desierta y hace balance de los momentos más importantes de su vida.

Respecto al contenido del disco, Automatic For The People es una colección de canciones que versan sobre la vejez, la muerte y la pérdida de los seres queridos. En un tono intimista, casi de confesión espiritual, REM realiza un sentido discurso sobre la mortalidad y lo efímero, aunque con un decidido mensaje de esperanza ante la pérdida y el paso del tiempo. Introspección, realismo y emoción son los leiv motiv de una obra cuya grandeza e inspiración pocos han llegado a igualar. Ese intimismo delicado que rezuma todo el disco es perfectamente visible en canciones como Drive, Nightswimming o Everybody Hurts, quizá la pieza más conocida del álbum. Por otro lado, también encontramos composiciones de corte más épico y grandilocuente, atravesadas por capas superpuestas de cuerdas exuberantes, gentileza del productor John Paul Jones, el antiguo bajista de Led Zeppelín. Se trata de temas como Monty Got A Raw Deal o Man On The Moon, majestuosos y orgullosos de su épica introspectiva.

Hoy REM es una auténtica vaca sagrada del rock internacional, uno de esos nombres míticos cuya pronunciación causa reverencia. Pero esa reverencia se ha fraguado a través de los años, y gracias especialmente a discos como Automatic For The People, una obra grande, madura, excelsa; un compendio de la mejor tradición de la música americana aunada con un momento ágido de inspiración, tanto a la hora de componer como de ejecutar música sentida y emocionante.

lunes, 22 de febrero de 2010

PLÁTANOS Y CREMALLERAS


Hoy se cumplen veintitrés años de la muerte de Andy Warhol, artista e ideólogo contracultural y creador del “pop-art”, que dejó para la posteridad obras e imágenes de marcado tinte iconográfico como sus retratos coloreados (quizá los más famosos sean los de Marilyn Monroe y Elvis Presley), su esfuerzo por elevar a la categoría de objeto artístico fragmentos banales de la vida cotidiana, y algunas portadas de discos de rock que han pasado a la posteridad (sobre todo el primer álbum de Velvet Underground, pero también el Sticky Fingers de los Rolling Stones).

Pintura, música, literatura, cine… nada escapaba al escrutinio de Warhol, un tipo verdaderamente listo y provocador que engullía todo lo que observaba a su alrededor para regurgitarlo después en forma de fetiche artístico. Impulsor del colectivo artístico Factory, arraigado en un local del mismo nombre, Warhol se fue dando a conocer paulatinamente en los años sesenta, trabajando junto a colaboradores como Gerard Malanga o Billy Ilich. Warhol abrió su área de interés a multitud de corrientes artísticas (en su seno acunó a seres tan dispares como La Monte Young, Paul Morrissey, Candy Darling o Lou Reed), iniciando una desquiciada carrera hacia el estrellato en la que jugó el rol de pintor, cineasta, diseñador, escritor y editor de una revista de modas. El objetivo declarado era estar en la boca de todos, ser famoso aunque sólo fuera durante 15 minutos.

Para él posaron Mick Jagger, Carolina de Mónaco, Elizabeth Taylor, Michael Jackson, el sha de Persia, Silvester Stallone, Brigitte Bardot o Liza Minelli, entre otros. Publicó libros de filosofía del consumismo y el esplendor urbano. Fue editor de la revista de moda Interview. Fue manager (por un corto periodo de tiempo, eso sí) de The Velvet Underground, a quienes diseñó la celebérrima portada del plátano amarillo para su primer disco (The Velvet Underground & Nico).

Precisamente de su relación con la banda seminal de Lou Reed nace la relación más directa de Warhol con el mundo de la música (luego vinieron sus devaneos con Jagger y los Stones, a quienes diseñó su célebre logotipo con los labios y la lengua). Warhol apadrinó al grupo y produjo su primer disco (del cual dibujó, cómo no, su mítica portada), incluyendo en él a la cantante alemana Nico. La colaboración con Warhol reportó a la banda un cierto prestigio entre los circuitos intelectuales gracias al espectáculo Exploding Plastic Inevitable, una performance multidisciplinar en que los Velvet tocaban sus canciones de drogas, sexo y muerte mientras se proyectaban películas y varios bailarines desarrollaban danzas de tinte sadomasoquista.

No obstante, pronto la relación entre Lou Reed y John Cale por un lado, y Warhol por otro, se agrió y se deterioró hasta que el grupo voló por su cuenta. Muchos años después, tras la muerte del artista, ambos publicaron un álbum de homenaje titulado Songs For Drella, quizá el más sentido y apetitoso homenaje (al menos musical) que jamás un artista contemporáneo haya recibido por parte de un músico. Songs For Drella es un disco profundamente conmovedor, nostálgico y hermoso, que describe la vida y milagros del famoso artista plástico. De una de las canciones de ese álbum, Open House, rescato un fragmento de su letra como último y particular homenaje de mi parte:

Mi piel es pálida como la luna al aire libre,

de plata es mi pelo, como un reloj Tiffany.

Llévame hasta la Luna,

Llévame hasta una estrella.

Pero no hay estrellas en el cielo de Nueva York,

todas están en el suelo.

martes, 9 de febrero de 2010

CUENTOS DEL CIELO DEL ROCK AND ROLL (XVI)


Apollo Theatre, Glasgow, Escocia, 9 de julio de 1976. La expectación es máxima en el viejo teatro escocés. No en vano los miles de asistentes que se agolpan en su interior están a punto de comprobar si lo que van a ver es una resurrección o un entierro definitivo, pues Genesis van a tocar por primera vez sin que su carismático cantante Peter Gabriel esté delante del micrófono. La incertidumbre, la rumorología, el boca a boca, circulan a sus anchas entre los asientos del local, preparado para desvelar, de una vez por todas, la gran incógnita.

Cuando Peter Gabriel deja Genesis a finales de 1975, todo el mundo da por muerta a la banda. Y no es para menos, pues Gabriel era considerado como el líder indiscutible y el impulsor creativo del grupo. Sin embargo, hay cuatro personas que no están de acuerdo en dar por finiquitada a la banda: el resto de sus componentes. Phil Collins, Tony Banks, Steve Hackett y Mike Rutherford se conjuran contra los hados y los elementos y se encierran en unos estudios de grabación para componer nuevo material ante la incredulidad de propios y extraños.

Enseguida surge la gran pregunta: ¿quién va a ser el nuevo cantante? Después de algunas probaturas y muchos dimes y diretes, el grupo anuncia una decisión arriesgada y sorprendente: Phil Collins, hasta ahora batería y segunda voz de la banda, será el sustituto de Peter Gabriel. La incredulidad es general hasta que a primeros de 1976 Genesis publica su nuevo álbum: A Trick Of The Tail, un disco no sólo a la altura del pasado del grupo, sino también digno de todo tipo de elogios y parabienes por méritos propios. La segunda ecuación que se despeja es qué ocurre con los conciertos en directo, qué formación van a presentar ante su público. Genesis se saca otro conejo de la chistera: fichan a Bill Bruford, ex batería de Yes y King Crimson, ocupándose Collins de la voz solista y también de los tambores en los interludios instrumentales de sus largas y complejas composiciones.

El tour comienza en Canadá y Norteamérica en marzo de 1976, pero no llega a Europa hasta el verano. Los nuevos shows presentan una ambiciosa y acertada combinación de las piezas de su nuevo disco como Squonk, Dance On A Volcano o Los Endos, y la recreación de muchos de las canciones más conocidas del grupo como The Carpet Crawlers, I Know What I Like o Firth Of Fifth, entre otras. La ocurrencia de poner a Phil Collins como cantante solista, cuestionada en un principio, se revela rápidamente como acertada. Collins, que en su adolescencia fue actor teatral, tiene un timbre de voz bastante similar al de Gabriel, menos dúctil y variado, pero sumamente eficaz.

El concierto (más tarde publicado bajo el título de Seconds Out)refleja a la perfección la majestuosidad y el liricismo de la música de Genesis. El sonido, limpio y diáfano como una estatua de cristal, muestra la mejor versión de unos músicos excelsos empeñados en demostrar al mundo que no dependían, como muchos habían creído, de su carismático y huido cantante para ser grandes de verdad. La limpidez de la guitarra de Hackett, los mayestáticos teclados de Tony Banks, el esforzado voluntarismo de Collins y la auténtica lección de ritmo que el mismo Collins y Bruford dan durante todo Seconds Out hacen de este concierto una pieza imprescindible. Sin duda, uno de los mejores discos en directo jamás grabados.

El resto de la historia es ya conocida. Steve Hackett dejó el grupo en 1977 (tras la publicación de Wind & Wathering), y a partir de entonces Genesis dejaron de ser Genesis, comercializaron su sonido y se acercaron al pop y a la radiofòrmula hasta no ser más que una sombra de lo que fueron. Pero dejaron este fragmento de rebeldía ante un incierto destino, una muestra de orgullo herido ante t6odos (y fueron muchos) los que vendieron su piel antes de haberlos cazado. Y eso siempre les honrará.